Soy un cuidador de plantas

Lluís Sala y su hermano, Albert, han estado al frente de SalaGraupera a lo largo de las últimas décadas y juntos han comandado no sólo la transformación del vivero que tenía su padre -cuando los jardineros aprovechaban las épocas de menor trabajo para cultivar su propio plantel- sino también una cierta forma de entender el viverismo. Una forma abierta y viajera que rápidamente se puede vincular al viverismo de los grandes, de los que marcan época y tendencia.

Lluís se formó en la escuela Rubió i Tudurí, en Barcelona, pero realmente fue en el vivero de la familia donde pudo comprobar que lo que de verdad le gustaba no era la huerta sino la planta de flor, y cuando llegó la necesaria pregunta del padre: y tú ¿qué quieres hacer? La cuestión ya estaba prácticamente resuelta. Lluís quería ser jardinero, pero no un jardinero como los demás, quería ser un jardinero diferente. Y así ha sido.

Una de sus primeras experiencias la tuvo con 25 especies distintas a las que por aquí -por el Maresme- eran más habituales. Eran plantas procedentes de Bélgica que, de alguna forma, marcaron una manera de hacer. Siempre mirando al exterior, siempre atenta a una visión más abierta que la habitual y siempre un paso por delante porque, cuando apenas se empezaba a hablar de ello, Lluís y por extensión SalaGraupera, ya empezaba a trabajar con la sostenibilidad en el horizonte. Cuando todos querían vender jardines verdes como si de espacios ingleses se tratara, el vivero de Lluís estaba repleto de plantas de bajo mantenimiento. De plantas más sostenibles y más acordes con un clima que ya apuntaba un cambio. Podemos decir que Lluís fue un activista medioambiental avant la lettre.

Cuando los demás se preocupaban de la vistosidad de la planta por encima de todo, en SalaGraupera se trabajaba también en su resistencia, hasta el punto que muy pronto el 60% de las plantas cultivadas ya pertenecían a eso que ahora denominamos jardinería sostenible.

A lo largo de todo este tiempo ha habido tres nombres que han influido en el trabajo de Lluís Sala. Tres nombres que en la jardinería y el paisajismo de este país se escriben en mayúsculas: Joan Bordas, Josep Batlle y Maria Isart. Los tres han significado una referencia principalmente por su ansia de conocimiento que, como en el caso de Lluís Sala, los llevó a viajar por todas partes en busca de plantas diferentes que se pudieran incorporar en los jardines de por aquí. Una búsqueda que, además de la diferencia, buscaba rendimiento. Plantas que pudieran vivir de forma más o menos confortable en nuestros jardines. Fue un momento calificable como de expansión botánica en que se llegó a trabajar con hasta 800 especies distintas. Pero no es fácil la visión que aporta y las posibilidades que abre un hecho como éste son inmensas. Trabajar de esta forma le permitió a Lluís constatar que la multiplicación de plantas era una tarea apasionante y que dominarla le permitía confeccionar un catálogo diferente, mucho más extenso, y que conocerla a fondo hacía posible explicarlo y que, en definitiva, todo ello contribuía a la difusión de la jardinería sostenible. Este hecho aún hoy forma parte del ideario de la empresa y se refleja en realidades muy concretas: un jardín de muestra que permite conocer la evolución y el resultado de las plantas en un hábitat real, que además permite explicarlo a las múltiples visitas que recibe el vivero a lo largo del año (escuelas, profesionales, grupos en prácticas) o una página web con el catálogo completo y las características de cada planta detalladas. Contrastadas con la propia experiencia y con un mínimo de otras cinco webs de referencia. Una labor ingente que confirma lo que parece: el conocimiento es el eje principal de la actividad de Lluís. “Estoy aprendiendo”, nos dice. Un aprendizaje que ya se prolonga por más de cincuenta años y que él insiste en que no hubiera sido posible si no hubiera contado con toda la confianza de su hermano. Socio y cómplice total en SalaGraupera.

“Mis hermanos han sido mi aval para poder hacer un vivero mejor y distinto de los demás”.

Con este afán, ahora está trabajando en las causas y los efectos que tienen los insectos y las mariposas en las plantas de las zonas donde habitan y se reproducen. “Después de tantos años, ahora me he pasado a la observación de la fauna, porque flora y fauna no se pueden disociar”. Empezó con los pájaros y de ahí al mundo de los insectos. Qué especies hay, cómo viven, qué comen, cómo se relacionan con la flora. Más de tres meses trabajando en un hotel de insectos.

Además de los viajes y de los referentes personales, Lluís también hace referencia en más de una ocasión, a un jardín mucho más próximo como es el Botánico de Barcelona, en Montjuïc, al que califica de ejemplo de biodiversidad, sobre todo en su primera época. Un hecho que no puede ser menor si existe una cierta voluntad de réplica de la que nos ofrece la naturaleza. Él lo afirma de forma más categórica: “Los parques han de ser biodiversos”. Y lo practica, como hemos dicho, con un catálogo que ha llegado a superar las 750 especies.

No obstante, hablar con Lluís Sala no sólo es recordar. Es tener claro por dónde ha de pasar el futuro. “Tenemos por delante cuatro grandes retos: la gestión de plagas, la fertilización, la sequía y el ascenso del nivel del mar”, nos dice. Nada de especulaciones, hechos tangibles que han de contribuir a asentar un futuro mejor y más viable. Pero no solo eso. Hay que aprender a mirar con más detenimiento lo que no se ve: “Hemos de aprender que el suelo contiene mucha vida”. Es de la opinión de que para cultivar la tierra no hace falta romper tanto, no es imprescindible arar tan a fondo si queremos ver disminuir las enfermedades que afectan a las plantas. Y también que hemos de mirar más lejos y prever el final de las turbas. Lluís afirma, con toda la vehemencia, que al menos la mitad del éxito en el cultivo de plantas responde a una buena selección del sustrato donde lo hacemos. La planta tiene una parte aérea y otra subterránea y ambas son importantes. Lo mismo una que otra. Y nos comenta la composición de alguno de los sustratos con los que ha trabajado a lo largo del tiempo: turba, coco, orgánico… todos ellos componentes de fórmulas que en algún momento han hecho del cultivo un éxito.

El futuro pasa también por la incorporación de la cultura verde al bagaje común.

La cultura verde, queramos o no, la iremos incorporando a medida que el cambio climático nos vaya aportando evidencias, y la tendremos que ir introduciendo en nuestras vidas cotidianas en las que la aportación de los arquitectos es importante, pero no menos que la de los promotores: “Necesitamos promotores que quieran más zonas verdes en sus proyectos y es preciso que la administración también se implique en ello”. En este sentido, Lluís Sala es persona activa. Desde hace años es miembro del jurado que valora las actuaciones de los municipios catalanes en el entorno del proyecto VilesFlorides, un proyecto que premia las buenas prácticas en jardinería (no sólo la presencia de planta en el espacio público) de los pueblos y ciudades de Catalunya. Esta labor le ha llevado y sigue llevándole a visitar numerosos municipios, lo que le facilita poder seguir haciendo pedagogía entre los responsables de los jardines públicos e  incentivar la responsabilización de la ciudadanía en esta tarea colectiva que es el fomento y la preservación del espacio verde público.

Y en el vivero, ¿cuál ha de ser la esencia del futuro? Lluís lo tiene claro. Ha de estar fundamentado sobre tres grandes pilares: el servicio por encima de todo, el respeto al entorno con un viverismo de bajo consumo de recursos (agua, fertilizantes) y un conocimiento que sobrepase la técnica.

Llamémosle pasión, si queremos. Llamémosle amor, si nos parece. O conocimiento. Los tres, motores de lo que ha sido y aún es una de las trayectorias más prolíficas y discretas del viverismo y la jardinería de nuestro país. La de Lluís Sala, cuidador de plantas.